—Señor notario, ¿por qué redactó dos versiones del testamento si solo una fue notificada a mi clienta?
El caso parecía, a simple vista, una disputa hereditaria más. Una viuda, doña Carmen Rivas, desposeída de su casa por una cláusula abusiva en el testamento de su difunto esposo. Pero Pilar descubrió algo más: el notario que había redactado el testamento era primo del hermano del fallecido, y juntos habían fraguado un entramado para quedarse con el inmueble y un terreno anexo valorado en medio millón de euros.
No era una abogada cualquiera. A sus cuarenta y dos años, Pilar era conocida en los tribunales de Granada como la navaja : cortaba la hipocresía con una precisión fría y certera. Vestía trajes sastre impecables, pero sus armas eran los plazos vencidos, las cláusulas olvidadas y los silencios culpables.
—Necesito el historial de transferencias del notario en los últimos cinco años. Y quiero saber si su primo tiene cuentas en paraísos fiscales.
—¿Tanto así, jefa? —preguntó Claudia con una ceja levantada.
Pilar aceptó la cesta y respondió con su habitual tono seco, pero con una ligera temblor en la voz:
El silencio en la sala fue tan denso que se oyó el tintineo del reloj de pared. El juez, un hombre de mirada cansada pero íntegro, dictaminó a favor de doña Carmen. No solo anuló la cláusula abusiva, sino que abrió una investigación contra el notario y el heredero por falsedad.
Llamó a su secretaria, Claudia, una joven inquieta con melena azul y talento para encontrar agujeros en los registros públicos.
